Degradación y Globalización

Los problemas ambientales más serios que enfrentan las sociedades contemporáneas, sobre todo aquellos más claramente globales, derivan principalmente de la opulencia, siendo relativamente fácil de trazar una relación multicausal directa entre riqueza y degradación ambiental.

Para enfrentar el trinomio pobreza–opulencia–crisis ambiental es preciso recurrir a iniciativas y acciones suficientemente consistentes y estructuradas, no sólo para tratar de aprehenderlo en su complejidad, sino también para ofrecer respuestas que sean igualmente complejas y eficaces. Hemos de afrontar y confrontar individual y colectivamente de modo consciente, autónomo y libre las miserias sociales y ambientales en un mundo globalizado.

Si desde la Conferencia de Estocolmo sobre Medio Ambiente y Desarrollo (1972) ya resultó difícil desvincular ambiente y desarrollo, la globalización no ha hecho más que estrechar este binomio. En la actualidad, los pobres están atenazados por la insuficiencia de recursos, la fragilidad de sus redes sociales, la precariedad de sus dinamismos socioculturales y por su exclusión de los núcleos y procesos centrales de la globalización (las redes telemáticas, los mercados financieros, la innovación tecno–científica, etc.), sin apenas alternativas para romper el círculo de miseria que los atrapa. También se constata en el seno de las sociedades occidentales cierto “cambio en los rostros de la pobreza”, asociado con las sucesivas reconversiones económicas, los recortes en los derechos laborales, el desgaste de los sistemas de protección social y las modificaciones en las relaciones sociales y familiares que conllevan estos cambios. El concepto de Cuarto Mundo se está generalizando para designar a la población que está quedando fuera del paraguas del bienestar en el seno mismo de las sociedades avanzadas. La vulnerabilidad y la rabia de los sectores marginales de población –pobres y de raza negra– que fueron dejados a su suerte por el gobierno de los EEUU en el fragor del huracán Katrina; o las sucesivas explosiones de violencia social en los suburbios de las principales ciudades francesas, son un aviso
de que ese Cuarto Mundo emergente puede generar serios conflictos en el corazón mismo del sistema. O peor aún: pueden ser síntomas de que a la economía global de mercado le comienza a ser indiferente dónde se localicen los colectivos excluidos de la multiplicación del capital.

La principal amenaza que introduce la globalización en la evolución de la crisis ambiental aparece en sus causas estructurales: es la potenciación y generalización de un modelo de desarrollo que ha demostrado su gran capacidad para alterar y degradar la estabilidad ecológica a nivel local y global; un modelo, el occidental, basado en el poder del mercado para generar riqueza y, sólo para algunos y en algunas sociedades, bienestar. El crecimiento, que ha de ser sostenido en los países desarrollados, y que ha de acelerarse en los países subdesarrollados, se entiende como una condición imprescindible para derivar, una vez satisfechas las necesidades básicas, recursos para la conservación del ambiente. El detección de las limitaciones ecológicas y sociales del modelo económico o como una expresión de la crisis civilizatoria de la modernidad, sino que se contempla, en el mejor de los casos, como un ruido que es preciso controlar para que no entorpezca su “buen funcionamiento” (Jacobs, 1991; Bermejo, 1993; Naredo, 1996; Leff, 2004; etc.).

Cuando se habla de globalización no sólo se describe el mundo contemporáneo como un ente económico cada vez más integrado. Se expresa algo más: la emergencia de una estructura en la que todos sus componentes y procesos están estrechamente entrelazados y son cada vez más interdependientes. El proceso de globalización se expresa también en las esferas cultural, social, política y psicológica, adquiriendo una dimensión histórica y subjetiva que ha llevado a algunos autores a hablar de una nueva fase o, incluso, de una nueva era de la civilización occidental.

La globalización, así entendida, sería uno de los principales rasgos de la cosmovisión contemporánea, que obliga a replantear nociones como las de sujeto, ciudadanía, democracia o Estado–nación.

La globalización transciende la mera mundialización, a pesar de que con frecuencia ambos términos se utilizan como sinónimos. La mundialización, entendida como unificación geopolítica, no es un fenómeno estrictamente nuevo. Sus inicios se pueden remontar a las aventuras colonizadoras emprendidas en el siglo XV por las potencias europeas de la época, y a su consolidación con la instauración de los imperios coloniales en los siglos XVIII y XIX. Su consecuencia principal es la conversión de todo el planeta en objeto de los intereses de una civilización, la occidental, que ha convertido en hegemónicos su modelo
de producción–consumo y las estructuras políticas y patrones culturales que lo aderezan y legitiman.

La fase actual de este proceso, la globalización, sería una forma de neocolonialismo más sutil y sofisticada que la denunciada en los años sesenta y setenta del siglo pasado: aparecen nuevos instrumentos que aceleran e integran cada vez más los flujos económicos –las nuevas tecnologías de la comunicación y del transporte–, nuevas formas de reproducción del capital –dominadas por la economía especulativa– y nuevas estrategias de producción –la deslocalización de las actividades productivas en busca de bajos salarios, menor presión fiscal y un control ambiental más laxo–.

Joseph Stiglitz (2003: 59), ex–vicepresidente del BM y persona clave en la política económica del gobierno de los EE.UU en la era Clinton, señala que “la orientación keynesiana (inicial) del FMI , que subrayaba los fallos del mercado y el papel del Estado en la creación de empleo, fue reemplazada por la sacralización del libre mercado en los ochenta (…) que marcó un enfoque completamente distinto del desarrollo económico y la estabilización”. Buen conocedor de las entrañas de un sistema al que ha servido, Stiglitz reconoce que la desregulación no se ha aplicado de forma universal y que los países occidentales han mantenido los mecanismos arancelarios, financieros y de soporte público de sus aparatos productivos, a la par que no han dudado en imponer a los países subdesarrollados la supresión de barreras comerciales y el desmantelamiento de sus escuálidos
sistemas públicos a través de planes de ajuste estructural y de la imposición de condiciones draconianas para la devolución de la deuda externa.

La globalización, en fin, “es un paisaje hipotético, fundado en una idea: dar al dinero el campo de juego más amplio posible” (Baricco, 2002: 33). En última instancia, la globalización es eso: el libre juego de los flujos despiadados y amorales del capital y de quienes lo poseen –pocos, y cada vez menos– con el único fin de multiplicarse. No existen reglas ni escrúpulos, no se reconocen fronteras para el capital o las mercancías (sí, claro, para las personas); sólo la pulsión del beneficio y la ley del más fuerte.

Bajo las etiquetas del desarrollo sustentable y sostenible se enmarcan cada día mas empresas, instituciones y organizaciones que  pretenden construir un nuevo discurso y un nuevo orden transnacional donde se introduce la variable ambiental, para continuar posibilitando plusvalía y beneficio de unos pocos con respecto a la mayoría a través de la explotación de los recursos existentes en el planeta a partir, eso si, de una pretendida responsabilidad social con el medioambiente, completamente alejados de las ideas de autosuficiencia y decrecimiento.

Saben que llega una nueva recesión donde el capitalismo productivo industrial y financiero, unido a la crisis climática que aumenta exponencialmente nos acerca a un escenario de conflictividad social y por ello hemos de decidir que tipo de cambio en el paradigma cognocitivo pretendemos llevar adelante cuando la masividad de las protestas, las pueda convertir en inabarcables.

Sera el momento de constatar si ese trabajo que gentes, organizaciones sociales, pueblos originarios y comunidades igualitarias  llevan a cabo por construir un mundo ecológico, justo e igualitario triunfa o logran vencer quienes pretenderán mantener la continuidad del estado y del capital. En ese caso habrá triunfado el objetivo, de los mas inteligentes de entre ellos al lograr que perduren sus estructuras de poder.

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